Ceferino, El Francés, se subió a un pino.
Admiro mucho a mi tío Ceferino, el Francés.
Había nacido en Burgos, pero marchó a Francia recién
casado, en busca de mejores oportunidades. Toda la familia le llamaba Ceferino,
“el Francés”.
Tuvo la oportunidad de firmar un contrato con una
compañía como capataz de una plantación de cacao y se marchó solo al antiguo
Congo Belga, dejando en Burdeos a la mujer y sus tres hijos.
Por confidencias que me hizo, supe que tuvo unos 200
nativos bajo su mando y que aprendió a explotarlos, según se acostumbraba, bajo
la amenaza del látigo. Los trabajos eran extenuantes y el salario tan miserable
que mi tío Ceferino, El Francés, ganaba más él solo que todos los trabajadores
de la plantación. Cuando algún negro no cumplía con su trabajo, lo mandaba
azotar; y el mismo ejemplar castigo recibían aquellos que se escapaban de la
plantación y al cabo del tiempo volvían, impelidos por la necesidad.
Yo admiro mucho a mi tío Ceferino, El Francés.
Me confesó también que fue infiel a su mujer más de mil
veces, con negritas adolescentes, cuyas madres las entregaban a cambio de
cualquier insignificancia, como por ejemplo, un puñado de sal. “Anda, lávate
bien”, decía él y se acostaba con la jovencita temerosa y complaciente. Más de
mil veces. Y su esposa y sus hijos no lo sabían.
De esto hace más de cuarenta y cinco años. Hoy mi tío
Ceferino es un viejecito pequeño y muy delgado, que esconde su aparente timidez
detrás de unas gafas metálicas, que suele vestir un discreto traje marrón y que
luce una corbata amarilla y un gorrito de tela de color verde pálido.
Yo admiro mucho a mi tío Ceferino, El Francés.
Pero mi admiración no es por sus “hazañas africanas “,
merecedoras de condena y de desprecio, ni siquiera por mostrarse arrepentido y
avergonzado como me dijo se encontraba. Mi admiración hacia él: el sábado
pasado, reunida la familia en una fiesta campestre, le vimos subir con
agilidad increíble por el tronco liso de un pino de veinticinco metros de
altura, hasta la misma copa.
¡Qué tío, mi tío Ceferino, El Francés!
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